Me meto un tiro,
¡Pum!
El eco suena,
¡Pum!
O quizás es el corazón,
¡Pum!
Que todavía sueña.

Mis fuegos artificiales

Mis fuegos artificiales

Ayer viendo los fuegos artificiales me vinieron a la mente recuerdos de cuando los iba a ver junto a mis padres. Tonterías infantiles, sueños imposibles donde yo era el dios que preparaba y ejecutaba todo ese despligue de color y sonido. Me da vergüenza hasta decirlo, pero supongo que no tengo nada de lo que avergonzarme, pues todos habremos creado esos juegos cuando éramos pequeños. Desde niño siempre he sido muy fan del videojuego «Half Life». Me pasaba horas y horas tanto jugando como observando atentamente a mi hermano hacerlo. Cuando estaba con mis padres viendo los fuegos artificiales, me montaba la historia de que los extraterrestres que aparecen en ese juego en cuestión querían conquistar la tierra, pero yo y una resistencia nos dedicábamos a preparar una defensa. Esa defensa eran los fuegos artificiales, que destrozaban todos los intentos de los seres malvados por conquistarnos. Pero claro, no queríamos que todas las personas ajenas a la resistencia se asustaran con la llegada de los alienígenas, por lo que optábamos por decorar ese fuego de artillería y convertirlos en fuegos artificiales. Funcionaba. Y recuerdo con mucho cariño como me lo creía todo de bien. Era un director de orquesta. No me lo imaginaba, sino que ocurría en ese mismo instante en directo. Yo de verdad estaba defendiendo a los débiles habitantes de La Tierra de esa amenaza exterior. Y me sentía grande, gigante, con la capacidad de un dios. Capaz de parar cualquier cosa que se me pasara por delante. Son tesoros de la infancia que con el paso de los años desaparecen a fuerza de madurar…

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