Me meto un tiro,
¡Pum!
El eco suena,
¡Pum!
O quizás es el corazón,
¡Pum!
Que todavía sueña.

Reseña de «Diez negritos» (Agatha Christie)

Reseña de «Diez negritos» (Agatha Christie)

Dios es mujer porque Dios es Agatha Christie.

Y ya. Podría dejar la reseña ahí. No es necesario decir más.

Es broma. Las obras de Agatha Christie -las que he podido leer-, son dios. Ella como persona quizás no tanto, pero eso es algo ajeno a su calidad literaria, aunque no por ello dejaré de comentarlo.

Diez negritos es una auténtica obra maestra, y no por nada se considera que es uno de los diez libros más vendidos de la historia -siendo la propia Agatha la autora más vendida de la historia y todas sus obras lo tercero más leído detrás de Shakespeare y La Biblia). Muchas veces creemos que los clásicos, pese a ser clásicos, deben parte de su fama al azar o a que los críticos lo han querido escoger así. Tal vez simplemente son fuente de influencia máxima, pero no por ello válidos para la lectura actual. Pero no nos damos cuenta que en casi todas las ocasiones los clásicos lo son por algo; porque son los mejores en su género. Y este es, sin duda, el caso de Diez negritos. Una novela que en absoluto se sale de la tónica general de la maestra del suspense pero que pese a ello es el ejemplo perfecto de cómo escribir posiblemente una de las mejores novelas de misterio de la historia.

Aparecen los personajes tipo tan característicos de sus obras y de la novela de misterio de la época: el mayordomo, el médico, el policía, el detective, el general… No falta casi ninguno.  Como es propio en estos personajes no destacan en absoluto, pero lo que Agatha Christie hace con mayor maestria que la mayoría de escritores es utilizarlos para crear un tejido narrativo perfecto. Utiliza cadáveres literarios para crear una trama y un misterio que ni con el mejor personaje de la historia podría haberse creado. No le hace falta dar demasiada profundidad a sus personajes -da la justa para brindar de sentido a la historia- sino que la profundidad recae en la perfección del misterio, que normalmente coincide con cómo se ha producido el crimen. Y, no hace falta decirlo, nadie mataba mejor -en el sentido del misterio- en las novelas que Agatha Christie.

A partir de ahora van a volar los SPOILERS, así que los interesados en leer la novela, absteneos de leer más. Quisiera primero poner el poema en que se basa la totalidad de la novela:

Ten little nigger boys went out to dine;
One choked his little self, and then there were nine.

Nine little nigger boys sat up very late;
One overslept himself, and then there were eight.

Eight little nigger boys traveling in Devon;
One said he’d stay there, and then there were seven.

Seven little nigger boys chopping up sticks;
One chopped himself in half, and then there were six.

Six little nigger boys playing with a hive;
A bumble-bee stung one, and then there were five.

Five little nigger boys going in for law;
One got in chancery, and then there were four.

Four little nigger boys going out to sea;
A red herring swallowed one, and then there were three.

Three little nigger boys walking in the zoo;
A big bear hugged one, and then there were two.

Two little nigger boys sitting in the sun;
One got frizzled up, and then there was one.

One little nigger boy left all alone;
He went out and hanged himself and then there were None

 

Este poemilla es la base de todos los asesinatos. El asesino, que después gracias al epílogo se descubre que es uno de los diez personajes (el juez Wargrave), encarnados en los diez negritos que canta la canción, quiere realizar el asesinato perfecto basándose en esta canción que escucho cuando era un niño. La maestría de basar la trama en este poema es absolutamente mágica, pues una vez que el lector se da cuenta, antes de que el personaje de Vera Claythorne lo haga, de que los asesinatos se van desarrollando tal cómo dice el poema, uno está una y otra vez, a medida que avanzan las páginas, volviendo al poema para averiguar si efectivamente el asesinato se ha desarrollado según lo previsto. Esto es jugar con el lector como muy pocas veces se había hecho hasta la fecha. Todo está escrito, la canción admite que van a morir todos, y uno intenta hacer sus propias cabalas para averiguar como sucederá todo, para después Agatha Christie borrar todo de tu cabeza y darte la verdadera respuesta a los hechos.

Y desde luego, casi nadie creo que lo pudiera averiguar a la primera. La misma Agatha Christie admitió -lo podéis ver aquí– que sin duda es lo que más le costó en toda su extensa carrera literaria. Es muy difícil crear una serie de asesinatos, a la vista del lector, imposibles, y luego mediante un epílogo hacer que todos hayan sido cometidos bajo la más estricta perfección. Se nos dan falsas pistas que pueden inducir a acusar falsamente a uno de los personajes. Yo en lo personal creía que el primero en morir, el joven fornido que responde al nombre de Anthony Marston, era el asesino. Pensaba que su envenenamiento era falso y que tan solo aparentaba su muerte. Una vez fallecido para todos sus compañeros sería muy fácil asesinar al resto sin levantar una sola sospecha. Pero es obvio que me equivocaba. El asesino es el quinto en morir, pero mediante una muerte fingida. El juez Wargrave es, aparte de un maniático psicópata, un hombre con una enfermedad terminal. En su vida siempre quiso, ilusión enfermiza de persona con ínfulas de dios, cometer el mejor crimen que se haya visto. Se cansó de juzgar, se aburrió de ver, por lo que pasó a la acción. Jamás nos imaginamos que el asesino ya está muerto, que apenas le quedan días, que nada tiene ya que perder. Envenena y asesina a unos, finge su propia muerte con la ayuda del médico, Edward Armstrong, y una vez se deshace de este, tiene vía libre para asesinar al resto -e inducir, en apoteósico final, el suicidio de la última superviviente-. Pero una vez siendo el último con vida, se suicida, dejando su cuerpo en las circunstancias perfectas para que la policía jamás pueda resolver el caso. Según la investigación policial posterior se pueden tener sospechas de los últimos en morir, pero jamás adivinar quién ha sido; es realmente el crimen perfecto. El único fallo del juez es, por vanidad tal como admite en el epílogo, redactar pormenorizadamente cómo asesinó a cada uno. Esta declaración la introduce en una botella antes de suicidarse en la isla donde todo ha ocurrido, botella que es encontrada tiempo después.

(ilustración de el juez Wargrave, por Esperanza Peinado)

Exasperante es, en el buen sentido desde luego, tener que esperar hasta las dos últimas hojas para averiguar la verdad sobre el crimen. Como suele pasar en todas estas novelas la resolución del caso no se descubre hasta las últimas hojas, y esto hace que el lector no quiera dejar de leer hasta ver cómo ha ocurrido todo. A mi parecer es el mejor tipo de novela para asegurarse de que uno va a estar leyendo sin parar hasta terminar el libro. Al humano, morboso por naturaleza, no le gusta algo más que el crimen, e incluso más que eso, los detalles de cómo este se ha cometido. Nos encanta meternos en la mente del loco, del asesino, intentar entenderle aunque sea difícil, y en este caso realmente es fácil. Los nueve personajes restantes, aunque en un principio se cree que el juez también, son culpables de uno o varios asesinatos, aunque judicialmente no pudieron ser juzgados. El médico comete una negligencia médica por operar borracho, el general manda a la muerte al joven amante de su mujer, el policía acusó a alguien inocente… Ya me entendéis, personas totalmente culpables de un asesinato pero que han podido librarse debido a su alto rango o a que la justicia no contempla esas decisiones como homicidios. Y esto a nuestro juez no le gusta, pues él sabe que son culpables. Son muchos años juzgando a las personas y viendo cómo algunas de ellas se libran por la torpeza de lo judicial. Por eso nos vemos representados con el juez. Sí, es un asesino frío, despiadado, pero no hay que olvidar que su crimen perfecto lo comete asesinando a asesinos. Es un hombre que tarde o temprano morirá, qué mejor que haciéndolo matando a asesinos creando, en cierta medida, una obra de arte con ello. Es perfecto. No puede haber asesino más justo. Y eso es lo que pretende y hace de forma magistral la autora.

No tengo nada más que añadir respecto a lo literario, es intachable. Un pequeño apunte más. Sí me gustaría añadir algo respecto a cómo trata Agatha Christie a ciertos personajes. No es ningún misterio que Agatha Christie era una persona muy conservadora y bastante racista. Ya desde el título original del propio libro, Ten little niggers, a las menciones continuas del carácter hostil y agarrado de los judíos. Incomoda, no voy a decir que no. Es tristemente algo muy común en toda la literatura universal; la misoginia y el racismo, por poner dos ejemplos, son dos realidades que tristemente nos han acompañado a lo largo de nuestra historia, y algunos autores mostraban más que otros su forma de pensar, y Christie era una de esas personas que no tenía en absoluto miedo a reflejarlo en sus libros. Algunos dicen que lo hacía como muestra del carácter de sus personajes, pero es innegable que ella así veía el mundo que le rodeaba. La única pega, que tantas veces tenemos que sufrir los lectores actuales cuando vemos pensamientos añejos y de otros siglos reflejados en nuestros clásicos más queridos. 

 

 

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