Me meto un tiro,
¡Pum!
El eco suena,
¡Pum!
O quizás es el corazón,
¡Pum!
Que todavía sueña.

No hay buenas noticias

No hay buenas noticias

Hoy estaba con mis amigos en una terraza, en uno de esos infinitos que el paro te da, una parada técnica para distanciarte de la ansiedad. Dentro de los temas de siempre, bailando de boca en boca, me he dado cuenta de que absolutamente todo lo que comentábamos eran malas noticias. El número creciente de fallecidos por / con coronavirus, la dificultad de encontrar un empleo estable relacionado con los estudios realizados, la increíble y sorpresiva fuerza de Trump…

¿En qué momento nuestras vidas se han convertido en buscar una alegría en un pajar? Cada palabra, cada frase dicha por nosotros demostraba que el mundo que nos rodea ha dejado casi de tener sentido. Nada está en nuestras manos, siento que nuestro futuro no nos pertenece y cada vez se distancia más, formando un horizonte de extrañeza y pena. Las buenas noticias son una anomalía en este sistema depresivo que se ha creado a nuestro alrededor. Poco a poco me voy dando cuenta de que nuestra generación está perdida de forma crónica.

Aunque lo peor de todo ha sido cuando, al pedir de broma que alguien me contase algo bueno que haya pasado recientemente, nadie ha sido capaz de decir nada bueno. Nada. En todo el mundo que nos rodea no hemos considerado que haya ocurrido ni tan siquiera algo mínimamente positivo. La avalancha de noticias negativas hunde a las buenas, si es que las hay. Eso que normalmente sirve como sostén de las ilusiones que van apareciendo por el camino, nos ha sido negado. Después de un buen rato pensando, hemos llegado a la conclusión de que la mayor alegría que hemos tenido últimamente es que a Pablo le ha salido decente una vichyssoise. Bien por Pablo.

Yo, entre laberintos de nauseas y ardores, espero que el omeprazol llegue pronto.

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