Me meto un tiro,
¡Pum!
El eco suena,
¡Pum!
O quizás es el corazón,
¡Pum!
Que todavía sueña.

Diarios de la purga: reflexiones

Diarios de la purga: reflexiones

(Leer con esto de fondo)

Es un poco extraño, pero todo al principio me resultaba bastante fácil, fue con el paso de las horas cuando los remordimientos aparecieron. Realmente no sé si fue debido a las drogas que me inyectaron o a que estaba tan asustado que no me daba cuenta de lo que realmente estaba sucediendo. Conozco a algunas personas que hubieran disfrutado como niños haciendo lo que yo tuve que hacer… pero os puedo asegurar que no hubo un instante de placer en aquella noche… Bueno, quizás sí, cuando finalizó todo. Asustado o no, lo que sí recuerdo son las caras, absolutamente todas las caras que me pusieron en frente. No dejaban que hiciera ningún esfuerzo más allá del necesario, y cuando mi cuerpo desfallecía debido a las heridas y al cansancio, me dejaban descansar, lanzándome frases con una actitud tan paternalista que rozaba lo ridículo entendiendo la situación en la que me encontraba.

Daré un pequeño rodeo antes de seguir con las hazañas de aquella noche. Sé qué es lo que más os interesará, nadie quiere detalles innecesarios en una narración de la noche de la purga, pero como ya estoy cansado de leer por todas partes lo mismo, no quiero, necesito que lo mío tenga un fondo distinto al de los demás; recordad que no participé por placer.

El haber sobrevivido no paga el hecho de sufrir estas pesadillas que tengo a diario… Una de las cosas que menos soporto de esta nueva moda de narrar las vivencias que todos hemos tenido en ese día es que, últimamente, me parece que quieren imbuir de heroísmo y respeto todo lo que ocurre, cuando la verdad es que nadie debería estar orgulloso de lo que se hace. No sé qué clase de sociedad puede permitir que un crimen tan atroz suceda una vez al año. Además, tampoco me creo esas patrañas de que así el resto del año bajan los índices de criminalidad. Un lobo que un día mata a una oveja no permanece a la espera 364 días para matar a la siguiente, quiere más. Otra cosa es la porción de realidad que llegue a nuestros televisores.

Volviendo a aquella noche, me acuerdo de mi primera víctima –si es que se le puede llamar así, más bien era una presa-. Era un tipo asiático, de unos cuarenta años. Ni siquiera estaba en la calle, esos asesinos entraron como locos en un portal y arrasaron con todo lo que encontraron en la primera puerta del primer piso, habitantes incluidos. Pero me dejaron un “regalo” –tal como me dijo el cabecilla de la banda-. Pese a darme un arma al principio de la noche -descubrí que no solo de bates iban armados-, de forma rápida me la arrebataron. En su lugar me proporcionaron un bate de béisbol; querían que mi primera vez fuera inolvidable. Desde luego que durante los primeros instantes me negué, ¿cómo iba a ser capaz de cometer tal barbaridad? Pero a medida que iban pasando los segundos sin que nada sucediera ellos se impacientaban más y más, y tenía muy claro qué iba a suceder si se cansaban de mí. ¿Cómo explicar con palabras la sensación que produce ver cómo el cráneo de una persona se hunde ante un objeto que tú golpeas con fuerza? El primer golpe no fue lo más duro, sino observar cómo me estaba ensañando con él. Y esto no fue producto de ninguna droga. Era miedo. Puro miedo. Desahogué mi frustración con aquella persona. Cada golpe que arremetía era un grito interno que salía de esa forma. Acabó con el rostro totalmente irreconocible. Apenas podían verse los dientes rotos entre la masa informe de músculos hinchados y desgarrados. Lo que veis en las películas, aunque no lo parezca, no está bien conseguido.

Otro aspecto tenebroso de ese día es el silencio que hay en la calle, teniendo en cuenta lo que está ocurriendo, las calles son un auténtico cementerio –nunca mejor dicho-. Es un silencio incómodo, que te hace mantenerte siempre al acecho por si acaso un peligro aparece. Ese año las armas superiores al nivel 4 estaban prohibidas, por lo que era raro escuchar explosiones en la lejanía. De aquel silencio todavía perdura el miedo en las noches en las que tengo que mantenerme despierto. Al final de la noche acabo con la mano agarrotada por la tensión que acumulo.

Os hablaré ahora de la máscara, máscara que pese a quemar nada más llegar a casa todavía conservo. ¿Por qué? Porque ellos se encargan de enviarme una copia exacta cada año, para así hacerme recordar todo lo que hice. Era blanca -aunque a medida que pasó la noche se fue tiñendo de rojo- y lo que más destacaba era la enorme nariz puntiaguda que sobresalía sobre el rostro, bastante austero en su totalidad. En la frente tenía escrito LTPFY con mayúsculas mal garabateadas, siglas que responden a Let the purge free you, al parecer el lema que todos esos lunáticos comparten como si fuera su patria. Más tarde me enteré de que esa máscara era una imitación casera de las que los doctores en la Edad Media utilizaban para auscultar a los enfermos de la peste. Este simbolismo tenía bastante sentido, pero la explicación no corresponde a este capítulo de mi diario.

No puedo decir que les cogiera cariño -a los que me «acogieron»- , estaría loco si me atreviera a afirmar eso, pero en cierta parte me sentí muy afortunado por haberme encontrado con ellos y no con otro grupo de sádicos. No me malinterpretéis, estos lo eran, pero en aquel momento pensé que la opción de vivir era una salida decente a aquella situación. Fue una especie de suerte maldita; tuve la fortuna de vivir pero a un precio interno que jamás pagaré. Tampoco guardo en mi interior un deseo de venganza demasiado grande. Por supuesto sería de mi agrado saber que algunos de los que me obligaron a hacer todo aquello lo han pasado mal, pero en verdad me estaría alegrando de la desgracia de otros inocentes -en cierta parte- como yo. Desde hace unos pocos meses he llegado a la conclusión de que si este tipo de gente tiene la libertad de hacer tales barbaridades, ¿por qué no hacerlo? Es bastante pragmático. Simplemente en este mundo hay gente que no se preocupa por la moralidad de ciertos actos, solo de si están prohibidos o permitidos en tal o cual país. No es mi forma de ver el mundo, pero no puedo culparles de este pragmatismo que lo inunda todo. Si hay gobiernos que permiten esta hecatombe, que permiten que la honradez de la sociedad acabe en el basurero de la decencia, nada puede cambiarse.

La cifra exacta de los que tuvieron que morir por mi culpa oscila entre siete u ocho. Lo sé porque nada más recuperarme físicamente de aquella noche dediqué todo un año a reunirme con los familiares de aquellas personas. Me importaba bien poco las posibles represalias por venganza,  sé que las merezco, simplemente necesitaba limpiar una culpa impuesta, una culpa que aunque no mía me ha tocado cargar para siempre. El nombre de cuatro mujeres y dos hombres es lo único que he podido averiguar de forma certera. Helenna Smith, Roberto Suárez, Sarah Goldberg, Hai Cheng -el asiático del que os he hablado-, Jane Ackles y Patricia Mayer. El nombre de las otras dos personas que tristemente tuvieron la mala fortuna de cruzarse en mi camino de desgracia no he podido rescatarlo.

Me he vuelto a desviar bastante del tema. Después de mi primera víctima, apenas a las nueve de la noche, fue cuando todo se volvió convulso. El tramo de tiempo que duró hasta las tres de la mañana fue bastante tranquilo, ya que fueron incapaces de encontrar a nadie indefenso. No fue hasta las 3 de la mañana cuando los acontecimientos se desbocaron. Pero este pertenece ya a otro capítulo.

 

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