Me meto un tiro,
¡Pum!
El eco suena,
¡Pum!
O quizás es el corazón,
¡Pum!
Que todavía sueña.

Situación imprevista

Situación imprevista

Han sido varias horas de auténtico dolor. Lo único que he sentido son sus golpes y una angustia terrible en el pecho que apenas me deja respirar. No sé ni cómo pasó, simplemente noté unas fuertes manos que me apretaban en la cintura y un brazo musculoso de repente rodeó mi cuello sin apenas dejarme respirar. Me dijeron que no me resistiera para que no me pasase nada. De repente noté cómo todo mi cuerpo se levantaba y cómo me lanzaban a un automóvil. Desde entonces todo han sido golpes, insultos y gritos en mi cara.

Noto unos pasos. Parece que alguien se acerca. Me quitan la bolsa de la cabeza que me pusieron nada más entrar al coche. Cubren sus caras con máscaras caricaturescas de presidentes de los Estados Unidos. Uno se adelanta –Lincoln- y me habla con una voz claramente distorsionada por algún mecanismo:

-Coge tu móvil y llama a algún familiar. Finge que todo está bien, que pasarás la noche fuera porque al final se ha prolongado aquel congreso al que tenías que asistir este fin de semana. Que les echas de menos. Que te lo dijeron a principios de la semana pero que con tanto estrés se te ha pasado. ¡Y no hagas tonterías! Ponlo en manos libres, te estaremos escuchando.

-No tengo saldo – Digo.

-Espera un momento… ¿Qué? Que no tienes saldo.

-Sí, llevo dos semanas sin saldo. Es que yo… S-sabe usted, no tengo contrato, ni datos ni tarifas de esas. Es que yo no me aclaro. Yo no utilizo Internet. Me meto diez euros al mes para mis llamadas importantes y ya está. Enti…

– ¡Calla! – Su compañero me da un fuerte golpe con la culata de su pistola en la boca. Empiezo a sangrar bastante y noto con la lengua que dos o tres dientes se mueven demasiado.

-Pero ahora qué hacemos. Esto no ha pasado nunca. Hostia, me refiero, 2018 y hay alguien que tiene saldo – Hablan entre ellos, supongo que mirándose con los ojos, sin saber que hacer realmente.

-Bueno… Espera, toma mi móvil – Uno de ellos, el más alto, me ofrece un teléfono móvil, bastante bueno por cierto.

– ¿Pero qué haces? – El otro, el músculos de la banda se interpone en la entrega y le da un empujón en el pecho – Así van a tener nuestro numero en cuanto quieran.

-Que no, que lo pongo en privado.

– ¿Pero tú eres idiota?

Y aquí estoy yo, maniatado, dolorido, viendo cómo dos secuestradores –o eso dicen que ellos son- se pelean entre sí porque no tengo saldo en el móvil. Mi mujer a veces me lo ha echado en cara e incluso mis hijos me llaman antiguo, pero quién iba a decir que gracias a no tener saldo iba a tener una distracción suficiente para esos bestias, que no se están dando cuenta de que he deshecho el nudo que me amarraba las manos y que me estoy yendo por la puerta que se han dejado abierta…

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