Me meto un tiro,
¡Pum!
El eco suena,
¡Pum!
O quizás es el corazón,
¡Pum!
Que todavía sueña.

Pensamientos de un peregrino hogareño

Pensamientos de un peregrino hogareño

No sé qué sentimiento provoca el escuchar cómo alguien le describe a un turista tu ciudad. Ver cómo tal iglesia o monumento les provoca ilusión, curiosidad, deseo. Tú, que vivías en la ciudad más aburrida del país, de repente ves que esta fascina a otros. Y te quedas sin palabras porque ya no sabes qué pensar. A lo mejor eres tú el que no sabe mirar con buenos ojos. ¿Los tuviste alguna vez? Acaso los perdiste depositando el alma en una ilusión que derramaba vacío entre las fugas del pensamiento.

¿Pero no era objetivamente triste? ¿No era la ciudad la que me aplastaba con su terrible monotonía de reloj antiguo? Las horas que pasaban como metralla de vida y los días que se alargaban hasta el lado oculto de la luna. En ese punto sin sentido te sentías tú, pero no te encontrabas.

Pero veo que me equivocaba. Si otros ríen y gozan en la ciudad del eterno nada, por qué siento que no soy nada de eterno. Que no me expando entre las calles mientras mi risa regala alegrías a los gorriones que depositan su canto a fondo fijo. Ay que tengo un ancla, que un ancla tengo, que mira al cielo mientras el corazón se me hace hielo.

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