Me meto un tiro,
¡Pum!
El eco suena,
¡Pum!
O quizás es el corazón,
¡Pum!
Que todavía sueña.

Fotografía

Fotografía

Llevaba meses prometiéndome que lo haría, y un viernes por la noche en el que no tenía nada mejor en el horizonte, me puse a ello. Empecé a hacer el inventario de todos los libros que tenía por casa. Tras años de compra compulsiva y tras montones de lecturas pendientes, más de una vez había comprado sin querer dos veces el mismo libro, por lo que me había estado prometiendo que jamás me volvería a pasar, para al final ver una y otra vez que realmente sí volvía a pasar.

Fueron varias horas muy tediosas en las que pasaba el nombre del libro, su autor y la editorial a un Excel que empezaba a extenderse de manera preocupante. “Compras demasiado” me dije a mí mismo en varias ocasiones viendo que aquel número de ejemplares era más propio de una biblioteca que de un piso de soltero. Llegué a un montón de libros que todavía estaban en la caja en la que los compré; un mercadillo de segunda mano en el que toda esa caja no pasaba de los cinco euros. De forma instantánea me saqué un billete, se lo entregué a un anciano de sonrisa afable y me llevé la caja a casa. No sé en qué momento aquellos libros se desvanecieron de mi mente, pero en el momento del inventario me di cuenta de que no sabía que había comprado. Con el nerviosismo propio de un niño al recibir un regalo me dispuse a echar un vistazo a todos aquellos libros. La mayoría no eran más que historias de vaqueros que yo no tenía, pero entre todos aquellos tomos destacaba uno, no por lo que era, sino por lo que guardaba. Al abrir el libro vi cómo una fotografía cayó a mis pies. Después de dejar el libro en la mesa me agaché para coger la fotografía. Se trataba de un retrato familiar muy antiguo. Debido al paso de los años apenas podían distinguirse los cuerpos, qué decir de las caras, donde a simple vista no podían distinguirse rasgos faciales. Sobre cada persona, trece en total, había un número escrito con bolígrafo. En la parte de atrás ese número iba acompañado de un nombre o un apelativo. Supuse que la dueña de esa fotografía era la número siete, debido a que en la parte posterior del papel podía verse un “yo” en mayúsculas. Estaba rodeada de toda su familia.

Era todo normal excepto por un signo, un signo de interrogación. Detrás de todos ellos, en la esquina izquierda de la foto podía verse pequeño, pero se veía, un signo de interrogación. Allí no había más que oscuridad, pero si uno centraba lo suficiente la vista podía distinguir algo con, quizás, forma humana. Aquello me llamó la atención ya que era poco probable que la niñita no conociese a alguien en un retrato familiar en el que todos posaban.

Sabiendo que yo no podía hacer mucho más llamé a un amigo fotógrafo acostumbrado a tratar fotos. Cuando se la enseñé me dijo que había mucho trabajo, pero que creía que podía mejorarse la calidad de la imagen para ver incluso el rostro de todos, incluido la cara de la enigmática silueta con el “?” en su interior.

Pasaron los días, unos días en los que irremediablemente mi cabeza iba una y otra vez a aquella silueta oscura. Por fin, un día, mi amigo llamó a la puerta, pero no traía una sonrisa en su cara. Lo más rápido posible encendió su portátil y abrió un programa de retoque fotográfico. Al aparecer la foto, ahora mucho más nítida que antes, señaló lentamente con su dedo índice a la esquina izquierda del papel.

-En esa fotografía… Sales tú.

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