Me meto un tiro,
¡Pum!
El eco suena,
¡Pum!
O quizás es el corazón,
¡Pum!
Que todavía sueña.

Carta abierta

Carta abierta

Esta es una carta abierta a toda aquella persona que desee leerla. En verdad, siendo sincero, tiene unos destinatarios bastante claros, pero por causas ajenas me veo obligado -por prudencia más bien que por anhelo personal- a situar todo desde el anonimato. No obstante, a pesar de estas contrariedades, espero que la intención que reside en la carta llegue de la forma más clara posible a todos aquellos que la lean.

Hablemos de hipocresía y de injusticia. Hablemos de un lugar en la sierra. Hablemos de un pequeño y plácido pueblo rodeado de montañas, vegetación y animales; todo lo que alcanza a la vista, más allá del pueblo, es pura naturaleza. Hablemos de una anciana a la cual solo le preocupan tres cosas: su familia, sus gallinas y sus palomas. No hay en el mundo cosa que le llene más. Ella es feliz en su simple rutina. Esa es su mayor virtud, y para algunos, como entenderéis ahora, parece ser que su mayor defecto.

En un viejo caserón del pueblo esta anciana tiene un palomar, nada más complejo que eso. Esta tradición, la de tener palomares -y todo tipo de refugios para animales- sobra decir que es algo más que común en este tipo de poblaciones; gallinas, ovejas, caballos, vacas… muchos de los habitantes de estos pueblos se valen de la ganadería como forma de vida. Es un pueblo; la vida de sus habitantes casi siempre va a la par que la de los animales que viven en los alrededores. Las palomas gastan el día volando por encima de los techos del pueblo, mientras que por la noche utilizan el palomar como refugio y lugar para alimentarse.

Sí. Dentro de esta escena tan pintoresca hay un gran problema, quién lo diría.

Al parecer las palomas durante el día se posan en los tejados de las casas vecinas al palomar. No hacen nada más natural que posarse en las tejas, defecar -como es normal- e irse. Esto, que para muchos no será más que una escena típica de la naturaleza, ha molestado a varios vecinos del pueblo. Según ellos, las palomas lo «manchan todo con sus cagadas», aparte de mover las tejas del tejado, siendo esto muy peligroso. Son vecinos del pueblo que en parte provienen de la capital. Puedo comprender que estos problemas no son comunes en una ciudad, que molesten a alguien no acostumbrado a ellos, pero lo que no puedo comprender -ni tolerar- es que se hayan atrevido a poner una queja abierta al ayuntamiento del municipio, la cual ha sido leída, revisada, aceptada y tramitada por la alcaldía, conllevando esto la posterior acción del ayuntamiento. Si ellos han tenido la osadía de quitar parte de la razón de su existencia a una casi octogenaria que lleva viviendo toda su vida en ese pueblo, con más derecho que todos ellos juntos de hacer lo que quiera, que me permitan a mí mostrar al mundo lo que en verdad son.

De acuerdo. Vamos a prohibir a las palomas defecar sobre los tejados y posarse sobre los mismos. Eso sí, si nos movemos con esta lógica, lo conveniente y sensato sería también vigilar que otros animales tampoco molesten a los vecinos. Hay que ser democráticos con todos y aceptar todas las quejas que puedan venir.

Impidamos que el saltamontes salte, vaya a ser que alguno se pose en la ropa tendida y esto provoque un susto a alguien.

Impidamos que las golondrinas hagan sus nidos en los tejados, que sus crías crezcan bajo tierra.

Que en la berrea a los ciervos ni se les ocurra hacer ruido. Que oye, mañana trabajo en la fábrica y tengo que descansar bien. Lo mismo al gallo. Que si tiene que cantar al amanecer, lo haga bajito, que no despierte a los niños que mañana tienen clase de inglés. Los grillos chitón, que canten de día, me da igual que no sea su costumbre esa. Eso sí, que la campana de la iglesia doble sin falta cada hora, que su sonido es muy agradable.

Si una vaca deja el plastón en el suelo, que lo limpie, que después huele. Un pueblo oliendo así, no por Dios. Que estamos en el siglo XXI.

Lo estoy llevando a lo absurdo sí, como absurdas son las acusaciones que estos individuos ponen sobre la anciana. Que las tejas se mueven… Dios libre a los vecinos de que un buitre se pose en sus tejados, que toda la casa se viene abajo. Si las tejas se mueven -si es que alguna vez se han movido- quizás la culpa es de ellos mismos; quizás el mantenimiento de sus caserones no es el necesario. Si se quejan de las palomas, que recen porque en invierno junto a la migración de miles de pájaros una bandada grande no se pose encima. Es un pueblo en mitad de la naturaleza, lo que menos te debería preocupar es que un montón de palomas se posen en tu techo. Preocúpate más para prepararlo a una tormenta de sierra o a una granizada repentina. Las palomas no van a destrozar tu bonito chalé, bolas de golf hechas de hielo sí.

Desde luego se quejan de las palomas, pero no de la situación desastrosa de las decenas de perros del pueblo, hambrientos, famélicos, llenos de pulgas y sin un gesto de cariño en toda su existencia; máquinas de matar para la época de caza. Atropellamientos, posibles ataques… Da igual, a mí personalmente me da mucho más miedo una paloma.

Tampoco les veréis quejarse de que en Nochevieja los cazadores del pueblo saquen sus escopetas y lancen salvas cuando llega la medianoche. Dónde va a parar. Es mucho peor un excremento de paloma que varios descerebrados llenando todo de plomo, muy bueno para la tierra por cierto.

Gente del pueblo afectada por las palomas, por favor, un poco de seriedad. Comprendo que queréis casas limpias, relucientes, que queréis enseñar vuestro poder adquisitivo y patrimonio, pero no intentéis anteponeros a la naturaleza. Qué creéis, ¿que si el palomar desaparece así lo harán las palomas? No podemos controlar eso. Aquí somos unos invitados, más en un lugar rodeado de montaña y bosque donde lo humano es lo menor.

Que sobre vuestras cabezas descanse el remordimiento de arrebatarle a una anciana parte esencial de su vida. Espero que os sintáis orgullosos de vuestro triunfo.

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