Me meto un tiro,
¡Pum!
El eco suena,
¡Pum!
O quizás es el corazón,
¡Pum!
Que todavía sueña.

Los Hermanos Fossores

Los Hermanos Fossores

Vivimos por y para el cementerio. Somos los Hermanos Fossores de la Misericordia. La gente cree comúnmente que nuestro origen es antiquísimo, pero nuestra orden se fundó hace apenas poco más de medio siglo. Por supuesto que nadie entiende por qué nos dedicamos a esto, yo tampoco lo entendía hasta que mi padre, que también lo fue, me llevó un día con él a “trabajar” al camposanto. De día nuestra labor, como me gusta más a mi llamarla, consiste en dar entierro a los muertos, rezar por sus almas así como por las de los vivos. Cuidamos el cementerio, regamos las flores e incluso a veces ayudamos en la administración.  De día no somos más que unos funcionarios religiosos. Es por la noche cuando uno se da cuenta de que cualquiera no valdría para esto… Y de por qué somos tan pocos.

Cuando cae el sol… Se ven cosas. No sé si decir si son reales o no, a mí me lo parecen porque a veces he sentido hasta el peligro inminente de que algo iba a sucederme. He notado su tacto, incluso su aliento, en mi asustado rostro. He tenido malas pesadillas y sé diferenciarlas muy bien de lo que ocurre por las noches. Cuando los hermanos hablamos entre nosotros contrastamos anécdotas y sucesos y casi todos concuerdan hasta en el más mínimo detalle. No contamos nada de esto a nadie. No es que sea un secreto, pero por caridad cristiana deseamos evitar este tipo de… Enfrentamientos, a cualquier otra persona. Incluso los hermanos de otras órdenes desconocen del todo lo que en los cementerios ocurre por la noche. Conocen de la obra del Diablo pero no las cotas que esta puede alcanzar en los camposantos.

Lo de menos son las campanas. Antiguamente, por tradición –y ahora tengo claro que es obra del Maligno- se ataba un pequeño cordel desde el dedo del fallecido a una pequeña campana situada al lado de la lápida, para que si el muerto fuese enterrado en vida, pudiera avisar mediante el tintineo. Por las noches, en horas de completa quietud y ausencia de viento, cientos de campanas doblan a la vez, volviéndose insoportable. Gritos de ausencia, manos tan frías como un témpano de hielo que se apoyan en el hombro y al volver la vista, allí no hay nada. Sombras y oscuras caras que se dejan ver en lo más hondo de la oscuridad. Incluso en la lejanía bastantes veces se pueden ver cuerpos que vagan sin rumbo fijo. Parece una historia de terror, pero todo eso es a lo que nos tenemos que enfrentar a diario.

Pero sin duda el peor día fue cuando vi el cadáver de mi padre levantándose de su tumba tosiendo desesperadamente y echando borbotones de agua por la boca. Mi añorado padre murió ahogado en el mar en unas vacaciones que tuvimos años después de que él abandonara la orden. Tenía el mismo gesto de terror y de agonía que el que recuerdo de su cuerpo recién sacado del agua. Nunca olvidaré las palabras que ese ser mugriento – no era mi padre, el jamás pensaría así – me dijo:

-Todos acabamos aquí.

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